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El pequeño nazi y el gran dictador: Jojo Rabbit, de Taika Waititi

El problema no es la discusión sobre los límites del humor. El problema es reducir la cuestión a una dicotomía bastante tonta: “¿Se puede hacer ...

El problema no es la discusión sobre los límites del humor. El problema es reducir la cuestión a una dicotomía bastante tonta: “¿Se puede hacer humor con cualquier cosa?”. Porque alcanza un único ejemplo para que la respuesta sea “No”.

Este mundo, en el que ya no está (tan) bien visto burlarse de una persona perteneciente a un grupo marginal exclusivamente por eso que la hace pertenecer a ese grupo, en principio nos obliga a afinar el lápiz. A cambiar el chiste de Condorito por uno un poco más elaborado. A acordarse de apuntar hacia los grupos de poder, ya que los permisos son otros si uno pega para arriba.

Y esa palabra clave que es el “contexto”, que también obliga a afinar el lápiz, pero esta vez el de la persona que se expone a ese humor y está destilando su maldad sin preocuparse por entender de dónde viene.

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Aquellos que piensen que todo está perdido, que esta era de minorías reclamando ser tratadas como seres humanos significará el fin de toda incorrección humorística, deberían ir al cine y ver Jojo Rabbit, dirigida por Taika Waititi. Y aquellos que no, también. En definitiva, todos deberían verla.

Un pequeño nazi en apuros

El protagonista es Johannes Jojo Betzler (Roman Griffin Davis), un simpático niño de diez años que vive en Alemania a mediados de la década de 1940. A raíz de sus circunstancias espacio-temporales, este pequeñín es miembro de las Juventudes Hitlerianas, sueña con matar judíos y su amigo imaginario es el mismísimo Führer. Con semejante premisa, ¿qué puede salir mal?

Nada, al menos a criterio de quien escribe. Waititi, que además escribió el guion y personifica a Hitler, construyó una historia que combina a la perfección la inocencia de la niñez, momentos absurdos, pizcas de humor negro y un par de golpes más bajos que la esperanza de vida en los cinturones de pobreza. Y lo hizo con el lápiz afinadísimo.

La clave del éxito es mostrarnos no solamente los horrores de la guerra, sino los horrores del fanatismo a través de los ojos (azules) de Jojo. Eso nos permitirá descubrir que quizás somos tan “despiertos” porque tuvimos la suerte de crecer en contexto que nos dio facilidades para abrir los ojos.

Nuestro protagonista tendrá el camino un poco más complicado, ya que está rodeado de una de las maquinarias de marketing más poderosas del siglo pasado. Y no alcanzará con la influencia de su madre Rosie (Scarlett Johansson), quien transita el delicado equilibrio entre la verdad y la supervivencia, como en una versión retorcida de La vida es bella (Roberto Benigni, 1997).

Mi simpático amigo Adolfo

Los primeros minutos de Jojo Rabbit son eficaces, eficientes y efectivos, incluso desde los créditos al son de la música pop. El guion dispara una ráfaga de humor alrededor de la visita del héroe epónimo a un campamento para jóvenes nazis, comandado por el capitán Klenzendor (Sam Rockwell, que ya sabemos que hace todo bien) junto a Fräulein Rahm (Rebel Wilson), protagonista de algunas de las carcajadas más fuertes del film.

También conoceremos al segundo mejor amigo de Jojo, el simpatiquísimo Yorki (Archie Yates). Cada una de sus apariciones es muy disfrutable, y el director lo utiliza a cuentagotas. Hablando del “primer” mejor amigo y también del director, el primer gancho para llamar la atención del público es la presencia de Adolf Hitler en la piel (maorí) de Taika Waititi.

A través de la relación entre Jojo y el imaginario Adolf le tomaremos el pulso a lo que pasa dentro de la mente de este niño impresionable, torpe y que cree de manera ferviente que está llamado a colaborar con el exterminio de razas inferiores. Su Hitler, con un registro que por momentos me recordó a Fred Armisen, está tan fuera de lugar como la música de The Beatles, pero logra que funcione, en una de las (de nuevo, para mí) mejores actuaciones de comedia de los últimos meses.

La aventura en el campamento no termina de la mejor forma y deja al jovencito muy lejos del campo de batalla y muy cerca de su casa, justo en las horas en las que su madre se ausenta. Así comienza la segunda parte.

El diario de Johannes Betzler

Si bien la comedia no se detiene en ningún momento, la presencia de una intrusa en la Casa Betzler introduce el conflicto más importante y nos recuerda que detrás de cada carcajada se encuentra uno de los episodios más crueles y funestos de nuestra historia. Elsa (Thomasin McKenzie) es una adolescente que vive refugiada detrás de las paredes con la ayuda de Rosie. A simple vista, es una adolescente común y corriente, pero Jojo sabe que detrás de ese disfraz se esconde un monstruo con cuernos, que no dudará un instante en destruirlo. Al menos eso es lo que le enseñaron en la escuela acerca de los judíos.

La relación entre ellos a lo largo de los minutos no tiene grandes sorpresas, lo que no significa que falle en su concreción. Las diferentes vicisitudes de la vida privada y de la Segunda Guerra Mundial los irán acercando y separando, mientras el infante comienza a descubrir que quizás no existe tanta diferencia entre ellos y que lo que está ocurriendo del otro lado de la puerta es universalmente ridículo. Ese descubrimiento no le hará mucha gracia a su Hitler, claro está.

Habrá dificultades extra, como un grupo de oficiales de la Gestapo comandados por el siempre bienvenido Stephen Merchant (en el más estremecedor uso de sus más de dos metros de altura). Y Klenzendor protagonizará momentos deliciosos del film, especialmente en los últimos minutos.

Montaña rusa de sensaciones

Waititi salpica con risas incluso el momento de violencia más cruda, en el que las balas literalmente pican cerca; pero también tiene momentos de tristeza más personal. Y si bien todo está rodeado de un necesario reduccionismo, que incluye yanquis “buenos”, nos deja pensando dos o tres cositas, además de la satisfacción de haber visto buen cine.

Como casi todas, no es una película para todo el mundo. El director y guionista no se acerca a los horrores de aquella guerra como lo hiciera el mencionado Benigni, por citar otra comedia ambientada en la era del Holocausto. Pero logra lo que se propone hacer: humor alrededor de temáticas que algunos libertarios de internet afirman que fueron vetadas por la corrección política. Alcanzaba con hacerlo bien.

Jojo Rabbit. Dirigida por Taika Waititi. Con Roman Griffin Davis y Thomasin McKenzie. Estados Unidos, República Checa, Nueva Zelanda, 2019. En varias salas.

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